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A los 69 años, es uno de los referentes del chamamé. Durante su paso por Buenos Aires, para presentar “Confidencial” cuenta que se fue a vivir a Francia para poder tocar lo que quería y que en ello tuvo mucha importancia el padrinazgo de Astor. Habla un hombre agradecido.
El primer maestro que tuvo fue su padre, Adolfo Barboza, que cuando tenía solo 7 años le regaló su primer acordeón. Dos años después, por su destreza musical lo comenzaron a llamar “Raulito el mago”. Hoy que ya pasaron sesenta años, la vida ha cambiado y Raulito dejó de serlo en diminutivo para pasar a tocar en escenarios internacionales su música guaraní. Lleva décadas radicado en Francia, aunque siempre vuelve, como en este febrero de Buenos Aires, en el que ha brindado varias presentaciones.
Dice que la Reina del Plata lo ha recibido bien. Está cómodo, así se lo ve en la mesa que eligió para charlar con La Milonga Argentina. Habla pausado, calmo como agua de estanque, pero de uno que ha visto pasar muchas cosas, gentes, lugares. Tal vez por eso cada anécdota es extensa y vital para el relato que hace de si mismo.
“Yo aprendí cómo se cambian los colores de la música escuchando a Gardel. Con Piazzolla comprendí las simples complicaciones de la melodía y la armonía, complicada, pero simple a la vez…. Todos me han enseñado algo”, ensaya Barboza como explicación de su ligazón con el tango desde el chamamé y prosigue, “es que nací en una cuna con dos patas. Una en el tango y la otra en la música guaraní, pero en mí la pluma y la flecha tienen mucha más fuerza que el cafecito de Buenos Aires”.
Ha tocado con grandes referentes de la música popular. En su memoria hay recuerdos para Atahualpa Yupanqui a quién define como una persona muy “discreta”. “Él nunca me comentó nada, pero me han dicho que dijo cosas a mi favor. Lo considero un gran hombre”, dice y no olvida que además compartió espacios con Eduardo Falú y Los Chalchaleros, entre otros.
Por su labor artística, en 1999 el Ministerio de Cultura de Francia lo nombró “Caballero de las Artes y las Letras”. Barboza dice que la experiencia lo hizo volver casi a la infancia, “estaba como un chico, muy inquieto. No soy ansioso, pero lo estaba. Cuando me lo dijeron quería saber si era cierto, así que busqué mi nombre en el anuario. Fue un honor, que siendo extranjero en ese país me consideran como un francés más”, dice humilde uno de los músicos que a principios de la década del 70 registró más de 20 discos propios, sin contar que acompañó a figuras como Mercedes Sosa y Jairo. Una realidad diferente de la que en 1978 lo llevó a instalarse en Francia con su esposa Olga. Es que “yo ya no vendía tantos discos y me querían hacer grabar otra música para que ganara más dinero. Yo no acepté”, explica.
El padrino
El desembarco en Francia no fue fácil. El músico cuenta que a París llegó con una recomendación de Astor Piazzolla, su padrino, y tuvo que esperar varios meses hasta el debut en “Trottoirs de Buenos Aires” dónde tocó chamamé y “algunos tangos, porque allí solo se interpretaba esa música”. Barboza no olvidará nunca que esa noche vio por segunda vez en su vida a Piazzolla, que llegó al lugar para escuchar su espectáculo, “él habló con los periodistas, yo no sabía francés. Nunca esperé que Astor fuera a verme, pero era un gran hombre, un artista del que aprendí el respeto”.
En su explicación, ese recuerdo de la primera noche tocando su música en París, no olvida las palabras que el creador de “Adiós Nonino” le dijo “mira Negro- repite Barboza- a mi me fue fácil, yo agarré la lapicera y escribí lo que me salía. Ahora te toca a vos, y no va a ser sencillo, pero empujá”
A esta altura de la charla, Barboza deja la sonrisa. Es que vienen a su mente las últimas imágenes de Piazzolla con vida. “En cuanto supimos que Astor había sido internado fuimos a verlo. Estaba en coma y yo le pedí a Laura, su mujer, si podía verlo. Recuerdo que entré y él estaba acostado y pienso que sintió una presencia. Fue la última vez que lo vi”.
Confidencial
En estos días, Barboza presenta en la Capital del Tango su último material al que llamó “Confidencial”. “Este es el primer disco en el que no decidí todo. Fue como aceptar las ideas y propuestas de otros, como mi esposa y amigos”, explica. Hace años que este músico internacional no graba en empresas multinacionales por decisión propia. “Desde 1985, por las restricciones que había”, recuerda y asegura que desde ese momento ha preferido las pequeñas empresas que le permiten moverse con mayor libertad de elección.
Un elemento fundamental en su espectáculo es el instrumento, al que ve como mediador entre los espectadores y él mismo. “El Morocho (su acordeón) se interpone entre quién quiere escuchar y quién quiere tocar. Allí se produce un momento de magia en el que algo que aparentemente está inanimado funciona como elemento de unión, comunica”, describe.
Mientras termina la frase, una señora se levanta de su silla y se acerca a saludarlo. “Raulito, bienvenido” le dice mientras lo abraza educadamente. Él responde calido, como si la conociera desde siempre, quién sabe. Al escucharlo es imposible no recordar la frase que él mismo preparó para su página en Internet: “Cada vez que yo hago salir de mi acordeón una melodía, mi deseo es contar una verdadera historia...” A los 69 años, él mismo, Raúl Barboza la sigue escribiendo en un lenguaje musical que orilla el tango, pero tiene sabor guaraní.
María Elías
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